Joan Leyba

Joan Leyba

Era principios del ocaso del día, sin embargo, los bravos rayos del verano, lo  hacían lucir en plena juventud. Chucho, como se le conocía en el barrio, cavilaba mientras se dirigía silencioso al enorme tronco seco que servía de asiento a los ocupantes de la casa, mismo  que junto a sus esperanzas yacía tirado al fondo del extenso patio.
Su estado de ánimo le colocaba entre la ansiedad, el miedo  y el inmenso deseo de poder llevar con una frecuencia aceptable,  unos pesitos a doña Mecho. Señora que le había criado desde el día en que su madre decidió ir al Este del país  en busca de una vida abundante que nunca pudo obtener; además de ello, soñaba poder estar a la vanguardia con los menesteres que este tiempo identifica a los muchachos del barrio.
Imbuido en esa mezcla de humores, era extraño ver como sonreía a la imaginación  de lo que pudiera tener un hombre que a pesar de muchas cosas, sueña con alcanzar una vida digna, esa que se forjan los hombres, y por la que terminan horondos al pensar que todo ha sido fruto de su propio esfuerzo.
No era para menos, pues hacía ya varios meses que el joven bajo  los influjos de la modernidad, animoso y deseoso de cambiar su vida, y, cubierto por el implacable manto del sol, caminaba como divagando  las avenidas y carreteras del gran Santo Domingo, irrumpiendo Centros Comerciales, Zonas Francas y todo tipo de empresas; tratando de conseguir lo que cualquier mozalbete a su edad anhela. “El  primer empleo”.
Las esperanzas fueron tantas como sus necesidades mismas, tan falsas como las ofertas colgadas en los diarios, tan lejanas del empleo, como su vida de la abundancia y tan falsa como los sueños de la gente cuya desgracia es negocio para políticos corruptos. Falso fue todo aquello que tuvo que recorrer el iluso lozano.  Falso como el Estado mismo, incapaz de enfrentar con políticas públicas de inclusión situaciones como esa y otras tantas.
Doña Mecho adornada con una paciencia envidiable y una sabiduría rica en experiencias, se notaba angustiada, pues no estaba acostumbrada a ver su crío merodear a esas horas el frondoso huerto. Le preocupaba la quietud que le acompañaba  al joven, notablemente distante, no obstante, su notable cercanía.
Chucho había logrado por fin una oferta de empleo. El  trabajo era sumamente sencillo, no había por qué estar preocupado. ¡Ánimo!  Se decía para sí, mientras calculaba los cuantiosos beneficios que tendrían él y doña Mecho después de que se afianzara en sus labores. Tomó un sorbo de aire, como queriendo con ello enfriar el fuego que alteraba su pecho, exhalándolo de inmediato, suave y delicadamente por las fosas nasales, cual si fuera un ejercicio de yoga.  Miró a su alrededor, mientras acariciaba su cara pálida y velluda; rememorando con añoranza los días de su niñez.
Tomó el bulto que se había preparado para la faena. Caminó apresurado al lugar donde lo pasaría a recoger el vehículo destinado a tales fines, miro atrás por un instante y pudo percatarse de una sombra viviente que no permitía a la luz penetrar por la puerta de su hogar.  Recordó de pronto que no se había despedido de su abuela, la que articulaba ademanes en señal de su amor por el joven.
Ya dentro del automóvil, y después de unos cuantos detalles que le esbozaba un compañero repetidas veces, en alusión a lo que tenía que hacer al llegar al lugar indicado, recibía unas cuantas herramientas que le servirían para realizar el trabajo con el menor de los inconvenientes. No apartaba de su mente la ilusión existente de saberse independiente, recién cumplido los dieciocho.
A cien metros del lugar de trabajo, se encontraba una joven que le entrevistó amablemente en una de las empresas dedicadas al comercio y en la que él, en los afanes de mejorar su vida había solicitado empleo. La reconoció y a seguidas, la bruma invadió sus ideas y apenas atinaba a escuchar, como un susurro la voz del entrenador  pasando balance a las indumentarias entregadas… ¿Capucha? Sí. ¿Guantes? Sí. ¿Soga? Sí. ¿Pistola? Sí. ¡Suerte en tu primer empleo!
“Nadie mejor para espiar las acciones de los demás que aquellos a quienes nada puedan importarle”. –Víctor Hugo-.
La sociedad dominancia se encuentra y con justa razón, por los eventos delincuenciales suscitados en los últimos días, y por el cúmulo de delitos sin respuestas oficiales, en una fase de ansiedad colectiva que no nos permite actuar en condiciones normales. Obligándonos a vivir encerrados en nuestra propia, débil y aparente libertad.
El estado de zozobra en que vivimos, adjunto a otros fenómenos que por su naturaleza, revisten unas características especiales para poder llevar una vida más o menos sosegada y tranquila en nuestro mal llamado Pacto Social. Es tal; que el simple ruido de un motor activa las alertas neuronales del más descuidado de los mortales. La delincuencia azota sin aparente control a todos. No existe en este momento una sola persona que no haya sido, que no viva con, o no conozca a alguien víctima de ella. Y deja paso a una estela de llanto, luto y dolor.
Preocupa, sin embargo, la tibieza con la que el gobierno aborda el asunto; a través de programas poco efectivos para el tratamiento de un espectro que se produce y reproduce justamente por falta de políticas encaminadas primero: a su disminución y luego a una posterior y adecuada intervención; con ello se crea la sensación de que eliminando físicamente al infractor, se elimina de golpe y porrazo el flagelo. Llevando a la población ávida de soluciones, muchas veces, a tomarse atribuciones propias de los órganos competentes para el tratamiento de la misma.
Por eso no debe sorprendernos que se haya perdido el sentido de humanidad, sensibilidad social y solidaridad que caracterizaba al dominicano de antaño, y, que existan quienes en medio de dichas creencias, hasta se gocen de ver a un ser humano tirado en el piso, a causa de disparos propinados por otro que a lo sumo también ha de convertirse, o  ya se convirtió, en delincuente. Todo por atravesar las mismas penurias que condujeron a ese mundo, al desdichado que yace tirado, sin alma… sin vida-.
No sería en vano entonces, resaltar para aquellos que amparados en una ignorancia construida desde los sistemas de control social, con la anuencia y la participación activa del gobierno. Que ni las cárceles ni las balas detendrán el ascenso progresivo de esta delincuencia brutal. Que ningún Estado ha podido reducir sus efectos sin las intervenciones socioeconómicas que busquen antes que nada, sacar de la profunda miseria a la gente. Que para hablar de reducción de delincuencia es necesario haber reducido primero la ignorancia y la pobreza, y con ellas todos los fenómenos que se derivan de las mismas.
La gente indignada pide sangre, pedimento que se refuerza desde los aparatos punitivos del Estado. Anhela, también,  la vuelta de un sistema donde impere el ojo por ojo y diente por diente, sin pensar quizá que esos hijos, podrían ser sus hijos. Sin tomar en consideración que quitarle la vida a alguien, aun cuando sea el más vil y ruin de los criminales, no resuelve por más que nos insistan en esa falacia, ningún conflicto social derivado de la escasez de oportunidades y la negación rampante de un Estado de Bienestar a los ciudadanos de los sectores marginados.
Todo apunta a la debilidad institucional, habitual en los estamentos públicos y por la falta de un régimen que en vez de buscar llegar a las últimas consecuencias, prime el origen del delito como fórmula básica para subsanarlo, que no habrá por lo pronto ninguna solución real. Ni un régimen de igualdad dirigido a eliminar “¿A quién? -para continuar con Víctor Hugo- A la miseria. Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, a la desnudez. ¡Pacto doloroso! Un alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta”.
Y si no fuese posible lograr erradicar todo aquello que empuja a nuestros jóvenes a delinquir para subsistir, en medio de las calamidades a que han sido sometidos por los gobiernos irresponsables del PLD. Acudamos, entonces, al llamado de los insensatos que gritan por doquier, sin el menor de los remordimientos y sin mirar hacia los suyos. Y como si esto fuera entonces la panacea: ¡Matémoslos y ya!

Desde el año 1996 a la fecha, los discípulos del Profesor Bosch han gobernado de forma cuasi consecutiva dieciocho de los veintidós años trascurridos en ese lapso de tiempo. Sus desgraciadas y desafortunadas decisiones en lo atinente a la consecución y manejo de la cosa pública. Han sido y serán por mucho, las causas del derrotero moral y social por el que atraviesan una parte importante de nuestros “millennials” para adaptar el concepto de juventud a estos tiempos.

Desde que se instaló el otrora maestro, líder y guía de los morados, se inició una reconversión del modelo socioeconómico, con la aplicación de su incorrecta política neoliberal en un país tercermundista, que trajo como consecuencia, resultados nefastos para el desarrollo de aquellos que solo conocen la fuerza física como herramienta de trabajo. Y que dejó al amparo de la providencia a los hijos de nadie, huérfanos de un sistema sanitario adecuado, educación de calidad y otros programas sociales, necesarios para forjar una sociedad justa y equitativa.

Nadie escapa a la realidad traumática e interminable de estos años, que han servido para atrofiar el futuro de una generación entera, que a fuerza de crecer en medio de todo tipo de escaseces; no conoce otra fórmula de “ascenso” que no esté estrechamente vinculada al delito. Con el agravante, que desde el poder, se han generado las excusas necesarias para que delinquir se convierta en algo habitual y cotidiano. Y paguen con pena de cárcel o no, los de siempre, los hijos inmerecidos de la profunda injusticia social que nos caracteriza como pueblo

Con el patrón peledeísta, y, las aspiraciones de hacer de Santo Domingo un Nueva York “chiquito”. Empezamos a importar culturas y costumbres propias de los guetos norteamericanos. En donde la filosofía del marginado gira en torno a la idea del sub-mundo, que busca sin pensar en las consecuencias “Ser rico o morir intentándolo” a lo -Five ti cent-. Lo que provocó el abandono del campo para vivir en la urbe, repletos de esas carencias que adornan a los pobres por el mero capricho de los políticos irresponsables, sin las condiciones para saciar el hambre y la sed de crecer.

En esos casi cinco lustros que llevan con el timón del Estado, todavía no se ha, pese a los excesos de la parafernalia mediática con que se venden las bonhomías de estos gobiernos peledeístas, podido enrumbar el barco a un puerto firme, ni generar los cambios políticos que provoquen un ambiente social y económico favorables para las grandes mayorías. Hacinadas en las periferias de las principales ciudades, víctimas de insalubridades, faltas de servicios públicos y las penurias a las que parecen haberse acostumbrado a punta de pistola.

Probablemente, los habrá dentro del reducido aparato del PLD denominado Comité Político, dueños de inmensas fortunas, quienes apegado a su progreso inescrutable, nos quieran obligar a comprarles el discurso de que son ellos los únicos que pueden, por mandato irrefutable de los dioses. Dirigir el destino de todos nosotros. Aún los que afanosamente rogamos por el eterno descanso de su partido. Y a pesar de encabezar como país la mayoría de los ratings en bajos niveles de desarrollo, en salud, educación y vivienda.

Sin embargo una simple mirada a las orillas de los acuíferos que bordean Santo Domingo, Santiago, San Pedro de Macorís y otras provincias de iguales características. Nos sirve de radiografía social para determinar los niveles de desigualdad en que nos han sumido estos pretenciosos y vanidosos peledeístas. Amparados en aquel subterfugio neoliberal llamado libertad. No sabiendo que: “La libertad con hambre no es tal, porque el hombre con hambre es prisionero de la enfermedad, de la incertidumbre, de la miseria”. – José Francisco Peña Gómez-.

Mofándose sin contemplación de los incautos que preocupados se preguntan, al ver jóvenes y adolescentes, nacidos y criados en este sistema generador de desigualdades y promotor de antivalores, perpetrar actos que en otros tiempos nadie podía imaginar que ocurrieran en esta tierra de Duarte y Luperón. Absortos ante lo horrendo del delito. Procurando con empeño cambiar la situación de sus muchachos. ¿Quién tiene la culpa? a lo que vale la pena responder. ¡Leonel y Danilo, son los culpables!

Parecería ilógico plantear que en pleno siglo XXI, todavía existan aquellos que por su bajo nivel educativo y las carencias que les fabrica este sistema, se vean en la necesidad de cercenar la vida de otros a los que se les niegan los mismos derechos que lo empujaron al delito . Pero más que ilógico, preocupa saber que pagamos unos impuestos para sostener un aparato estatal insolvente, donde nada funciona, nada se resuelve y todo se posterga. Por ello suceden cosas que a la vista de cualquier mortal son indescriptibles, inimaginables y execrables. 

Matar, debe ser uno de los eventos más difíciles que puede suceder en la vida de una persona en su sano juicio, que quizá sumida en aprietos, para salvaguardar la suya se vea en al imperiosa necesidad de tener que castrar la ajena. Y es que, matar cuando de vivir se trata, resulta a veces inevitable, porque entre una y otra, los hay que matan para vivir y existen los que viven porque matan. También, los que solo la muerte de otros les ofrece un poco de vida.

Pero en medio tanta alharacas, siempre es el más débil quien carga con la culpa. La culpa de haber nacido en un barrio marginado, sin los servicios básicos elementales cubiertos. Acosado constantemente por las bondades de un mercado que te crea unas necesidades que no tienes, y que te inducen de manera injusta al consumo de productos que no están al alcance de tus posibilidades. Sobre todo, sin la vigilancia y fiscalización de los estamentos gubernamentales, tan insignificantes como inoperantes.

Este es un Estado de pantomima que se caracteriza fundamentalmente por fabricar delincuentes, reproductor asiduo y deliberado de antivalores. Este mismo ente público, que convierte en héroes a sujetos cuyos logros proceden de dudosa reputación y que premia a los corruptos con archivos definitivos. Aquí, en esta media isla, hace ya un buen tiempo en que los muertos parecen estar vivos y creen estarlo por el simple hecho de que respiran.

Henry Daniel Lorenzo Ortiz, desgraciadamente es uno de esos, y al igual que la mayoría de su entorno, nació muerto, respira, camina. Creció en medio de la más espantosa miseria, tal vez sin entender por qué a unos pocos se les concede todo aquello que le fue negado. Estuvo invisible, incluso para sus vecinos que lo sentían siempre lejano, hasta que la tentación de poseer todo eso que de acuerdo a las reglas del mercado te hace importante, lo llevó a cometer un crimen horrendo, atroz e indefendible.  

Con él, un joven que de acuerdo a normas foráneas, apenas comenzaba la adultez, murieron otras almas, Anneris Peña y sus tres hijos, víctimas de la escasez de políticas públicas adecuadas, dirigidas y enfocadas específicamente a la preservación de derechos fundamentales de segunda generación.  Para producir un régimen de igualdad de oportunidades, especialmente, en los aspectos económicos y sociales con lo que sin dudas se garantizaría el acceso a los servicios que les son colindantes a dichos derechos.

Las autoridades no pueden pretender que con la simple coacción y/o sometimiento a la justicia de Henry, se corregirán los hechos de esta magnitud. Mientras estemos produciendo marginados al por mayor y detalle, habrá otros muertos sociales cometiendo delitos peores o iguales que este.  Porque la granja no cierra por el hecho de matar los pollos. Esto nos obliga a estudiar el fenómeno y establecer por medio de una evaluación pertinente, qué hacer en cada caso, cuando los muertos matan.

La realidad política dominicana vista en los contextos social y comunicacional, advierte desde finales del año 2016, un sinnúmero de fenómenos que de haberse manifestado en otros litorales; la cosmología política vernácula, habría sufrido cambios drásticos y decisorios. Y hubiera producido concomitantemente, los resultados esperados por gran parte de la ciudadanía. Cosa que no ocurrió; no obstante el despliegue general y mediático contra el esquema corrupto que hoy rige la cosa pública.

Parecería ilógico plantear entonces; que ciertamente y producto de las insatisfacciones que tiene la población con un gobierno cuyas decisiones lastran de manera irresponsable el futuro de la gente que nunca ha tenido futuro. Que el peledeísmo gobernante sufre la caída más estrepitosa en materia de preferencias y que aun así; no hay en el espectro político-electoral; posibilidades de lograr un desplazamiento definitivo que produzca la ruptura de los morados con el poder.

La lógica pura y simple plantearía que esa reducción de simpatías; debiera estar acompañada de un conjunto de acciones; determinadas por actores de oposición y desarrolladas en concreto con la Sociedad Civil y sectores productivos amenazados a extinguirse por la aplicación injusta de políticas equivocadas del oficialismo con intención de beneficiar a sus cercanos. Además de ello, una alianza estratégica con organismos internacionales, cuya misión sea el establecimiento de las libertades y la implantación de la democracia en su máxima expresión como política de Estado.

Se podría entender que la debilidad de concretar un proyecto político capaz de captar la atención de las mayorías electorales, notablemente inconformes con el rumbo que lleva el país. Es el producto de la opacidad argumentativa de una oposición que no ha podido montar un discurso que vaya de la mano con los hechos y enlazar sus propósitos a los sentimientos sociales que provoquen la adhesión de aquellos que buscan desesperados, una vía de canalización de sus desilusiones actuales.

Para que ello exista; amén de la parafernalia discursiva y las peroratas electorales. Es necesario el establecimiento de un sistema de información descontaminado. No alineado con la estructura corrupta de la administración pública, que usa sus tentáculos con el mero propósito de proyectar con la información interesada, que son los únicos capaces, pese al alto grado de corruptibilidad e impunidad imperantes dentro de la esfera estatal, de llevar las riendas del aparato del poder.

De no ser así; es imposible para cualquier partido de oposición entablar un mecanismo de comunicación efectivo, que le permita mínimamente; plantear desde su óptica ideológica las soluciones que amerita el país en medio del descalabro político, social y moral en que se encuentra. A sabiendas de que la libertad es una condición sine qua non, para el establecimiento pleno de la conciencia social y también según dice -Javier Darío Restrepo- “es un instrumento que permite al publico el ejercicio pleno de su derecho a estar libremente informado”.

Si bien es cierto que la oposición no ha sabido sacar provecho de algunos temas, que por relevantes debieron ser caldo de cultivo para lograr el desarraigo total del PLD en el espectro público, no deja de constituir una verdad axiomática, el control ejercido por el gobierno en los medios de comunicación de masas. Con lo que; anestesian a un pueblo que aun adolorido, duerme inexplicablemente quejoso y sin aparente reacción que busque girar el curso de la historia.

-José Francisco Peña Gómez, enarbola en una crítica a los congresistas conservadores en su tesis doctoral La Reelección. “Fracaso de la democracia representativa a la luz del Derecho Constitucional” un planteamiento que parece haberse ideado hoy. Y que expresa en forma sucinta el afán de este gobierno en utilizar la comunicación como fuente de distracción social a favor de sus prácticas dolosas y en contra de todo aquello que pueda ser motivo de una rebelión en contra de sus actos indecorosos.

En ningún otro momento histórico como en este, se aprecia tan claramente el propósito de la clase dominante de convertir el Estado en un instrumento de opresión y explotación al servicio de sus intereses. Ahí radica en parte esa debilidad que a veces muestra la franja política que algunos llaman oposición. Y que por esas y toras razones deja en la percepción de los incautos, la vaga idea de ser débiles ante los abusos que comete el ejecutivo frente a los ciudadanos.

El país político de estos momentos, se encuentra en un dilema y no se perfila en la actualidad, pese al notable descenso de la popularidad del presidente Medina, activo fundamental del peledeísmo gobernante y la innegable crisis interna que atraviesa el PLD. Así como los casos de corrupción vinculados al gobierno, quién o quiénes podrían terciar por la nominación presidencial en los comicios venideros y desplazar a los morados del poder. No obstante; las diferentes aspiraciones de carácter individual que se han manifestado en algunos segmentos de la oposición.

No cabe la menor duda de que para estructurar una fórmula política con miras a obtener el poder, se necesita esencialmente de espacio y tiempo. Factores de los que adolece el sector oficial para poner en marcha la reelección con la efectividad del torneo pasado. Sin obviar los enfrentamientos internos con resortes en las cámaras legislativas y las carencias de toda índole que vive el dominicano de a pie. Obstáculos y contradicciones que pudieran aflorar ventajas significativas para los opositores, siempre que estén dispuestos a sacar provecho de aquello.

Aun así; la mayoría de los que ejercen la opinión en materia política como especialidad, alertan sobre un panorama electoral difuso y unas probabilidades inciertas que arrojaría la posibilidad, por la indefinición de la oposición en la construcción de proyecto cohesionador de ideas e intereses, enfocados en la obtención del triunfo sobre la base de un bien mayor. De que lastimosamente, se repitan en el peor de los escenarios; los errores de aquel funesto 1990, cuando el ego de algunos estuvo por encima de los intereses de la mayoría y al final salió perdiendo el pueblo dominicano.

No sería pues nada justo, sumergir nueva vez el Estado en manos de un gobierno cuyo estandarte es la violación flagrante de los cánones legales y jurídicos y la protección absoluta de aquellos que siendo parte de un engranaje mafioso, caminan exhibiendo sin remordimiento visible, las inmensas fortunas obtenidas con los impuestos nuestros y que a todas luces se muestran como dueños de las instituciones públicas, las que usufructúan cual patrimonio familiar.

Todo por el simple capricho que tienen algunos de querer o pretender ser “presidentes”, aun cuando ciertos indicadores establecen posibilidades nulas para esos políticos que sueñan con un rompimiento abrupto del orden establecido y que su actitud anti-histórica permite; a veces con intención previa, la continuidad de la carroña que hoy nos gobierna en el manejo inadecuado de la cosa pública.

La indefinición parte básicamente de la incapacidad de entablar un acuerdo basado en las posibilidades electorales de todos los actores de oposición. Primero: enfocado en el radio de acción de cada estructura partidaria, segundo en la capacidad de movilidad de los activos políticos y tercero en el establecimiento de unas líneas programáticas en las que mínimamente, se satisfagan las pretensiones de todos los involucrados. Y mientras esto exista probablemente estaremos escuchando el discurso de sectores interesados de aquí “no hay oposición

Por suerte para todos, el panorama político se encuentra difuso, pero no perdido y aun se pueden enmendar los pequeños errores cometidos por los llamados a brindarle a este país una salida definitiva de los peledeístas. Alcanzando antes que nada el pacto posible, nunca el deseado, porque en la política como en la vida misma, trasciende como diría -Gastave Flaubert- “esa peculiar brutalidad que infunde el dominio de las cosas semífasciles en las que se ejercita la fuerza y se complace la vanidad”.

No cabe la menor duda que Hipólito Mejía representa como eje fundamental de una estructura política sólida, que busca como muchas otras, la conquista del poder; el dolor de cabeza de un sinnúmero de dirigentes que vieron frustrado su ascenso en manos de su gran liderazgo. Y que a lo sumo representa tanto a lo interno de su partido, como hacia fuera, un muro de contención para las ambiciones políticas de otros que no digieren el carisma de un personaje atípico, que goza del respaldo inexplicable a veces, de un segmento importantísimo de la población.

Esto le coloca en condiciones especiales en el espacio político-social y produce con su controversial, pero genuina y enigmática manera de ser, pasiones desbordantes entre amor y odio en ambos extremos de la política criolla. Tal vez por ello ha sido el instrumento maniqueo de un grupo social que recela de las simpatías expresadas hacia Hipólito, con maniobras propagandísticas extremistas y abusivas, solo comparadas con las campañas negativas contra el líder de líderes, José Francisco Peña Gómez.

Las críticas non-santas provienen de todos los litorales y las acusaciones e inferencias sobre su forma de hacer oposición, son caldo de cultivo para la manipulación de los simpatizantes de la figura política opositora de mayor trascendencia de los últimos tiempos. La estratagema que se utiliza en estos momentos para disminuirlo, nace en el seno del PRM y germina en los grupos sociales dirigidos por personeros de dudosa imparcialidad que ven en él, con justa razón, el obstáculo más importante para el avance electoral de sus pupilos.

Siempre ha habido un tema nodal con el que se intenta desacreditar, por el simple hecho ser auténtico y predicar con los hechos lo que dice con las palabras. Ha sido víctima de injurias, calumnias y todo tipo de vejámenes. Se le ha tildado de irresponsable, egoísta y ahora se le quiere sindicar, por el simple hecho de mantenerse coherente, en torno a una idea que lleva defendiendo más de una década, de traidor o de aliado al oficialismo.

Como expresidente y figura política con un gran arraigo, le ha tocado compartir escenarios públicos con empresarios, políticos y hasta el presidente Danilo Medina. Siempre con responsabilidad y actuando de cara al sol, y sus detractores cegados por la envidia, ven en ello la ocasión para desmeritarlo y acusarlo de cuantas cosas nos podamos imaginar. Reacción contraria cuando otros que se precian de correctos, se reúnen con Leonel Fernández sospechosamente en un avión y nos venden el hecho, como un acto aislado de puras coincidencias. Mientras que en Santiago -hubo un acto irrefutable de traición al partido-.

Si el vocero del PRM en la Cámara de Diputados se reúne con un senador cuyo nombre personifica la corrupción nacional, también es pura coincidencia; y, si de esa coincidencia resulta una maniobra para abortar una regulación de suma importancia para el sistema político, solo es casualidad. En cambio si siete diputados afines a Mejía, se percatan de esas intenciones nefastas y proponen una comisión para el estudio amplio del proyecto, son traidores a la patria. Un maniqueísmo inútil y ridículo que no aporta nada para la sana conducción de un partido que pretende alcanzar el poder.

Como todo hombre de campo, conocedor de la psique del dominicano, por el excelente manejo de la sabiduría popular. Hipólito, es consciente de que conservar la coherencia, más tarde que temprano deja sus frutos. Por ello se mantiene sordo ante las acusaciones huecas de aquellos que no comprenden como diría el Indio Duarte que: “La palabra y la firma no se niegan. Así le toque soportar la vida en lo más desgracia’o de la pobreza”.

Por ello sigue firme y decidido a defender con uñas y dientes sus ideas y todo aquel que en ellas crea. Así quedó demostrado en el máximo organismo de su partido. Escenario donde se debaten las posiciones de sus altos dirigentes y se toman las decisiones vinculantes a todos los organismos perremeístas. Porqué el liderazgo cuando es firme; aunque acepte las directrices manipuladas, emanadas de la mayoría. Tiene el derecho de defender aquello en lo cree. No obstante las calumnias y las mentiras, pues se sabe que: “La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades”. – Víctor Hugo-.

La polémica que  ha resultado de las pretensiones de aprobar una ley de Partidos Políticos en la que se obligue a dichas entidades a elegir los candidatos a cargos electivos, todos el mismo día y vigiladas o supervisadas por la Junta Central Electoral. Por lo bajo, oculta las únicas posibilidades de aquellos que por su escaso ascenso en el ambiente político nacional, escapan a las miradas de los críticos que han enfilado los cañones hacia el proyecto, únicamente basadas en las aspiraciones presidenciales.

Existen en nuestras estructuras estatales, otros espacios de poder; cuya importancia no ha sido ventilada en la opinión pública y que representan paras las minorías sectorizadas, los únicos estamentos jerárquicos a los que pueden acceder sin trabas ni contratiempos, los “hijos de machepa” como diría el profesor Bosch y que son el refugio de sus plegarias. Es ese quizá, uno de los principales motivos que nos permiten coincidir con un sector del oficialismo que busca contra viento y marea, aprobar la ley de partidos con primarias abiertas.

Los liderazgos no siempre serán de dimensiones nacionales, y en su gran mayoría, plantan sus cimentos en el carisma de uno o varios individuos de corto espectro político, pero cuya labor social y entrega por completo a los quehaceres comunitarios, les generan de forma natural la adhesión de sus vecinos y se constituyen en los motivos fundamentales para la elección de la dirigencia nacional.

¿Podría entonces la ley de primarias garantizar la igualdad en un sistema de partidos en que sólo los afiliados puedan elegir los aspirantes a representarnos? Definitivamente que no.

Hay que tomar en cuenta que en las comunidades pequeñas, básicamente en los Distritos Municipales, muchos de los cuales, apenas alcanzan una matrícula de dos mil electores; mas que afiliación partidaria, existe una relación primaria entre los líderes y sus posibles acompañantes. Y entiendo que someterlos a una contienda en donde unos cuantos puedan decidir sus suerte, podría, no obstante el carisma y el respeto ganado fruto de un trabajo arduo y continuo, hacer que pierdan la oportunidad de tener una digna representación por el simple hecho de que la mayoría no lo interesa pertenecer a ningún partido.

La política dominicana, culpa del manejo elitista que le han venido dando los partidos en materia electoral. Solo beneficia a los que tienen cercanía con los distintos grupos hegemónicos a lo interno de sus filas. Y deja a su suerte a cientos de hombres y mujeres que nada más poseen una mochila cargada de buenos deseos para sus comunidades, así como un profundo y amargo sabor generado por el descaro con que funcionan las pandillas dentro de los partidos políticos.

Para saberlo hay necesariamente que vivirlo, tal vez por ello los detractores del proyecto de ley, se ufanan tanto en desmeritar la importancia social y política de una norma que abra las puertas de los partidos a los electores, para que desde las primarias, elijan el favorito de las mayorías locales y cierren el paso a una minoría que apenas cuenta con el favor de un grupito a lo interno. Sigo apostando a una herramienta que ha sido atacada con una gran reciedumbre, y a los que opinan lo contrario les digo, como dice Anton Chéjov- en el Pabellón No. 6 He de confesarles que yo también tengo mis dudas”.

Solo existen dos aspectos vinculados a la existencia misma, por la que el género humano ha luchado incesantemente para mantenerlos a toda costa. El uno es la vida y el otro la libertad. Y ha sido la libertad por lo único que hemos sido capaces de ofrendar la vida. Miles han muerto a causa de ello y aún quedan suficientes razones para entregarla, pues si se ha puesto en juego ese derecho fundamental, no sería pues un sacrificio sino, la cesión de algo valioso a cambio de otro a lo que no se debe renunciar jamás.

El estatuto que crea la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hace mención de este concepto en por lo menos nueve ocasiones y en su artículo segundo amplía su espectro al establecer que: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. 

La Constitución dominicana en la parte in fine del artículo 8 aborda la libertad como uno de los fundamentos esenciales de la misma y dedica a ello, el articulo 40 y sus 17 numerales; con el solo propósito de establecer la jerarquía de esta, y la trascendencia de un aspecto del que el hombre no debe despojarse en un Estado Democrático y de Derecho, a menos; que se cumpla cabalmente lo estipulado por la ley. Así es que ambos ordenamientos, uno supranacional y nuestra normativa sustantiva, revisten de la más alta protección al estatuto de libertad.

¿Qué importancia tiene entonces, un conjunto normativo de garantías en un Estado donde la aplicación material de la ley está a años luz de lo escrito o formal?

Tomando como ejemplo los fallos emitidos por una gran parte de los tribunales cuya función radica en la supresión de la libertad por la infracción a la norma que regula el Derecho Penal; podríamos especular que la mayoría de las decisiones de los terceros “imparciales” no necesariamente están motivadas por la razonabilidad de la lógica jurídica, sino que; extirpan la libertad de los acusados, resguardando el puesto, atrofiando la voluntad del legislador y dando muchas veces aquiescencia a lo que se cuece en el morbo social. Por lo que, relegan la importancia de ambas normas a un plano jurídico inferior.

Conozco casos en que por la trascendencia del el hecho y sin la más mínima prueba vinculante entre el hecho mismo y el encartado, por la simple razón de ser un caso notorio, los fiscales en franca violación de los derechos fundamentales de los imputados, basan sus teorías en hechos improbables y los jueces actuantes, acuden a la íntima convicción, variando con unas sentencias mostrencas; la aplicación total del Debido Proceso de ley y la Tutela Judicial Efectiva, figuras garantistas establecidas en el artículo 69 de nuestra Carta Magna.

La mayoría de los jueces dominicanos que ejercen su potestades en los tribunales penales, avalan sus decisiones con argumentaciones laxas, carentes de todo tipo de razonamiento legal, pero satisfacen el deseo de un pueblo manipulado, que a causa de su extrema ignorancia, concibe que la única forma de hacer justicia, es cercenando la libertad de los acusados; sean estos inocentes o culpables. Y ello afianza lastimosamente; lo que juristas de sobrada experiencia denominan “el populismo penal”.

En días pasados, 21 de marzo para ser especifico, un Tribunal colegiado de Primera Instancia, en uno de los casos más sonoros de la Provincia Santo Domingo, dictó a Rafael Lara una condena de 20 años, no obstante el juzgado no haber podido establecer su participación en el hecho del que se le acusa. Decisión que causó indignación entre amigos y familiares del imputado y que deja al abogado como defensa técnica, la sensación de que abordar los temas penales desde la perspectiva de la lógica jurídica procesal, de nada sirve para reclamar lo justo en un país donde la ley solo se utiliza para adornar los anaqueles de los Magistrados.

Y termino citando a -Ellen Meiksins Wood- como sustento ideológico tal vez, en que descansan las decisiones aquellos jueces que no toman en cuenta el precio tan alto que paga un inocente cuando le roban la libertad. “Quizás una pasión por la justicia social, no importa el modo en que la definamos, o incluso algo sublime, como el miedo a perder el poder o el impulso de proteger a la clase a la que se pertenece”.

La convención celebrada por el PRM el domingo pasado, arrojó los resultados esperados y es que sería difícil creer que después del respaldo público de los dos sectores que componen el liderazgo a lo interno de ese partido; tanto Carolina Mejía como José Paliza, no obstante su carisma y liderazgos naturales, no fueran electos por las bases con un margen que no dejara dudas de quienes tienen el control de casi la totalidad de la militancia perremeísta.

La jornada fue ejemplarizante para los demás partidos del sistema que llevan años sin hacer una restructuración seria, que tienen un liderazgo anquilosado y sin la probabilidad de ser desplazados por tiempo indefinido. Además es una señal positiva, pues por primera vez un partido constituido por antiguos perredeístas; realiza una contienda interna sin causar daños a personas o espacios físicos. Lo que le coloca frente a la sociedad como una entidad con verdadera vocación de poder y revierte aquello, de que entre peñagomistas el lío es costumbre.

No es que esto sea suficiente para lograr lo que busca toda organización cuyo génesis; es la conquista de voluntades que comulguen con sus acciones ideológicas y programáticas para alcanzar por vía del sufragio, el único fin por el cual se constituye… el poder. Sin embargo; esa convención se muestra como la antesala de una institución que está compelida a desdecirse del pasado y convertirse en una fuerza capaz de construir el triunfo en las próximas elecciones, sobre la base de la unidad y el orden.

Hay muchos retos por delante. El más importante, reducir la brecha comunicacional existente entre la entidad y el conglomerado social que se identifica con la misma. Dotar de funciones a unos organismos inoperantes y hacer de ese partido una institución fuerte, cuyas normas estén por encima de las tendencias que al día de hoy, se debaten el liderazgo interno, haciendo de sus intereses, la plataforma en donde descansa la armonía partidaria.

Falta crear mecanismos de corte social y político para echar andar un partido que nació grande, pero que por las dificultades que presenta el sistema y por celeridad con fue construido, hoy por hoy, deja la sensación en los ciudadanos interesados en un cambio en el timonel del Estado, de que su papel opositor ha sido tímido y en algunos casos nulo. Consolidar su fortaleza y brindar la posibilidad a otras fuerzas políticas y la sociedad en general, de crear una coalición que tenga como fin único, sacar al PLD del poder, despejados de personalismos y mezquindades que nada bien le hacen al sistema.

Urge; que sus nuevas autoridades reflexionen sobre el papel que debe jugar un partido que pretende desplazar del Palacio, la maquinaria corrupta que ha usufrutuado el dinero del erario público para provecho de propio y de sus relacionados. Por ello es preciso dar apertura a sus estructuras, en las que necesariamente; deben ser escuchados los hombres y mujeres de buena fe, para concretar el proyecto de partido por el que han luchado desde su salida del otrora PRD.

Deben aprender, sin que ello signifique la vulneración de los derechos de sus afiliados, a lavar los trapitos sucios en casa y evitar que los conflictos internos salgan a luz pública. Pues con esto se evitarían los ruidos que utilizan las bocinas pagadas por el gobierno para crear la sensación de que esa entidad partidaria, carece de temple para dirigir los destinos del país. Tomando en consideración aquello que dice -Daniel Innerrarity-         al explicar que: “El ruido es una información de la que no se quiere saber nada”.

Periódico Digital, Desde Santo Domingo, República Dominicana

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